Enfermería, hipersexualización y cómo denigrar una profesión.

Una imagen vale más que mil palabras, vamos a dejar claro sobre qué voy a escribir hoy:

A su izquierda pueden observar a un hombre, enfermero. Usa pantalón, zapatos profesionales e, intencionadamente o no, hacia su lado cuelga un profesional fonendoscopio.

A su derecha una “enfermera”, con ligas, taconazos, falda corta y por supuesto una buena dosis de maquillaje.

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Si bien es cierto que no llevo demasiados años en el hospital como enfermera, he pasado ya unas cuantas horas pululando por los pasillos cómo para poder afirmar que jamás, jamás de los jamases, he visto a una enfermera con tal indumentaria. Es más, jamás de los jamases he visto a nadie en el hospital con esas pintas.

Por otra parte, rara vez encontramos diferencia alguna en la indumentaria entre enfermeras, TCAEs, médicas, celadoras,… todas vestimos igual: pantalón, casaca y si tenemos frío, bata.

No es más que una cuestión de comodidad e higiene, y si a mi se me preguntara, sí estaría de acuerdo en poner colores a los uniformes por una cuestión de seguridad, pero como eso me daría para otra reflexión, y como no me apetece extenderme, vamos a dejarlo ahí.

Hombres

Se da la casualidad de que mis compañeros, hombres, visten igual que yo. A mi me gusta ponerme un gorro de quirófano con cigüeñas y bebés y mi compañero creo que lleva uno con marcianitos, pero creo que es la única diferencia que encuentro en nuestra indumentaria.

Sin embargo, a ojos del mundo, nosotras seguimos usando cofia, falda, y capa.

El absurdo

Verán diseñadores y diseñadoras de disfraces, si yo acompañase a una mujer en su parto en falda, tendría que sacarme sangre hasta del ombligo. Y no es una forma de hablar.

Si tuviese que correr por el pasillo en una urgencia con esos ligueros llegaría al quirófano desnuda. Y muy a pesar de lo que pueda aparecer en las páginas porno (¡tenemos hasta nuestra propia categoría!), eso tampoco nos va.

Si llevase esos tacones, tras mis 14 horas de jornada laboral, habría que arrastrarme hasta mi casa, o haría uso de mi papel de residente, quedándome a residir en el hospital.

Tenemos la piel muy fina

¡Es que nos quejamos de vicio! Y es que esto pasa con todas las profesiones.

Pues no, no pasa con todas las profesiones, o al menos con unas pasa más que otras.

Es cierto que al colectivo de, por ejemplo, los bomberos, les pasa algo parecido: hipersexualización. Pero estoy casi segura de que ningún bombero ha escuchado nunca algo parecido a “total, si sólo os ocupáis de apagar incendios”. Y de ser así, pierdo mi fe en la sociedad, me rindo y me bajo del mundo.

Pero es que en mis 4 años de carrera y mi poco más de año y pico siendo enfermera, puedo contar cómo innumerables las veces que he recibido frases cómo “total, sólo pincháis culos” , o “total, sólo limpiáis mierdas“.

Y a mi lo que me duele no es que me digan que pincho culos o que limpio mierdas. Que eso me enorgullece sobremanera (si la gente supiera lo difícil que es conseguir que alguien se sienta un poco menos incómodo cuando le tienes que limpiar el culo…), a mi me duele el “sólo”.

Sólo nos dedicamos al cuidado integral del paciente. Sólo. 

Y sólo reclamamos que se nos trate y se nos vea como profesionales.

Televisión pública y el retrato de la enfermería

Esta semana en TVE (pagada por todos, incluyendo por todas las enfermeras, TCAEs, médicas, farmacéuticas,… que esa noche estaban cuidando de otros en vez de en sus casas comiendo langostinos), en nochebuena, en hora de máxima audiencia, ha salido esto:

Que si lo que querían era hacer un programa de humor, bien podrían salir igual de ligeros de ropa ellos que ellas. Pero no. Una vez más somos nosotras las que enseñamos cacho.

Somos un colectivo de 291.848  colegiados, que pagamos rigurosamente nuestras cuotas colegiales, más de 200 euros al año. ¿Y que hacen quienes debieran ser nuestros defensores por visibilizar nuestra profesión? Menos traje, y más coraje.

La enfermería, evolucionando cada día a un ritmo vertiginoso, habiendo adquirido cientos de competencias en favor del trabajo en equipo y de la salud y seguridad del paciente, aún no viéndose reflejado en nuestras condiciones laborales ya que hemos priorizado la evolución profesional; sigue siendo vista como la rama dócil de la sanidad, a las seguidoras de instrucciones, a las mandadas. ¿Cuatro años de carrera para seguir instrucciones? ¿Dos años de especialidad para sólo saber seguir las directrices? ¿Tendrá algo que ver esto con que históricamente se haya ligado la profesión a la mujer?

Peleamos mucho cada día, con un esfuerzo muy poco valorado por las instituciones, para conseguir ofrecer unos cuidados de calidad, cómo para que se nos siga ninguneando, hipersexualizando y denigrando.

No estoy lloriqueando, “sólo” reclamo mi dignidad como profesional. 

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